Card. Grocholewski: Dios rico en la misericordia

24-07-2016
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Card. Zenon Grocholewski: DIOS RICO EN LA MISERICORDIA

El sermón durante la Santa Misa concluyente en la Archidiócesis de la Ciudad de Poznań en el marco de los Días Mundiales de la Juventud, la Ciudad de Poznań, el 24 de julio del 2016

Dios generoso en perdonar

En el mensaje que hace unos días el Santo Padre Francisco ha dirigido a ustedes en ocasión de su viaje a Polonia para el ya trigésimo primero Día Mundial de la Juventud, ha recordado que todo “se va a desarrollar bajo el signo de la Misericordia en este Año del Jubileo”. Ha observado también que “desde hace mucho tiempo estáis preparando, sobre todo por medio de la oración, un gran encuentro en Cracovia”, como si intentara decir que la oración es el fundamento o la condición para poder sentir y experimentar nosotros la Divina Misericordia.

Esta idea es expresada también en la primera lectura de la Santa Misa de hoy (Cap.18, 20-32). En consecuencia de la inmoralidad y las fechorías de los habitantes de las ciudades de Sodoma y Gomora, el Señor piensa destruir estas ciudades. Y entonces Abraham aboga con fervor por ellos. Quiere salvar a la gente honrada que se encuentra en estas ciudades y con ello – a las ciudades enteras. Le dice al Dios: “¿Tienes la intención de hacer desaparecer a los justos junto a los blasfemos? Es posible que en esta ciudad hay cincuenta justos; ¿también vas a destruir esta ciudad y no le vas a perdonar, teniendo en consideración a los cincuenta justos? […] Oh, no admitas que los justos pierdan la vida junto a los blasfemos, […] Oh, ¡no lo admitas!”. Abraham no se satisface con la respuesta del Dios: “Si en Sodoma encuentro a cincuenta justos, perdono a toda la ciudad, teniendo en consideración a ellos”, y continua suplicando: “¿Si entre estos cincuenta justos falten cinco, entonces a falta de estos cinco, vas a destruir a toda la ciudad?” Luego continua: “¿Y es posible que allá se encuentran cuarenta?” y sin cesar dice: “¿Es posible que allá se encuentran treinta?” continua “¿Y si allá se encuentran veinte?”; ni con esto termina de suplicar: “¿Y si allá se encuentran diez?”.

Esta escena, tan viva, que parece una especie de regateo en los mercados palestinos (si alguien de ustedes estuvo en la Tierra Santa, seguramente lo ha experimentado), le hace conciencia a la gente del Antiguo Testamento sobre dos verdades de suma importancia. Primero, la inmensidad de la Divina Misericordia y en concreto la disposición del Dios a perdonar, la disposición que no tiene límites: por diez justos, Dios está dispuesto salvar a Sodoma y a Gomora. Segundo, esta escena evidencia la importancia y la fuerza de la oración que es capaz de conseguir la misericordia con las súplicas: el Señor ha escuchado la insistencia de Abraham y le ha concedido el perdón.

Esta descripción del Antiguo Testamento es una especie del preludio del Santo Evangelio de hoy (Luc 11, 1-13). Del Evangelio que ya nos traslada a la realidad del Nuevo Testamento. Jesucristo con esto nos enseña la oración “Padre Nuestro”. En su enseñanza destacan también dos verdades: la fuerza de la oración y la Divina Misericordia; la fuerza de la oración en el rogar la Divina Misericordia, en esto, en el rogar también el perdón, por el cual Jesucristo nos obliga a rezar (“perdónanos nuestras culpas”). Jesucristo dice muy categóricamente: “Pidan y se les va a conceder; busquen y van a encontrar, llamen a la puerta y les van a abrir. Quien está pidiendo – recibe; quien busca – encuentra; y quien llama a la puerta – le abren”. Estas palabras de Jesucristo muestran evidentemente tanto la fuerza de la oración, como la inmensidad de la Misericordia del Dios, quien quiere acceder a nuestras necesidades y debilidades, siempre dispuesto a perdonar.

Teniendo esto ante nuestros ojos quiero hacer una observación concerniente a la oración y la otra – referente al perdón. Ambas observaciones hacen notar una novedad que se encuentra en el Santo Evangelio de hoy, en relación con la primera lectura del Antiguo Testamento.

“Cuando estáis rezando, digan: Padre…”

Jesucristo, cuando le pidieron “Señor, enséñanos a rezar”, dice: “Cuando estáis rezando, ¡digan: Padre nuestro…!”. “¡Digan: Padre!”. Es increíble: a Dios, que es el Creador del cielo y de la tierra, quien es omnipotente, omnisciente, es el Señor del todo, y a este Dios se nos permite decir “Padre”. Más aún, no sólo se nos permite, sino que así debemos de dirigirnos a él: “¡Digan: Padre!”. En el Antiguo Testamento al Dios nadie lo nombraba “Padre”. Abraham en la primera lectura se dirigía a Dios diciendo Señor. En ninguna religión Dios es llamado Padre. Y nosotros, con la naturalidad de niños, podemos y debemos decirle “Padre” al Dios. Es algo verdaderamente insólito.

La palabra “Padre” para alguna gente puede significar poco, puede que no determina la riqueza que contiene esta palabra, por motivo de la devaluación de este término en algunos ambientes o por la razón de la falta de la experiencia de tener a un padre o a causa de la experiencia negativa con el padre en su propia familia.

“En consecuencia de ello sólo con Jesucristo tenemos que aprender qué es lo que significa »padre«” (BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, Cracovia 2002, p.121). En los discursos de Jesucristo el Padre aparece como la fuente de todo el bien, como el modelo de un ser humano perfecto, como uno que es “el Amor”, quien nos ama infinitamente, quien espera al hijo pródigo para abrazarlo y perdonarle todo; quien “hace que Su sol salga encima de los malos y de los buenos”, quien quiere ofrecernos a él mismo.

A este Padre lo vemos en el Hijo, Jesucristo, como en un espejo. Cuando, entonces, Felipe, le ha pedido al Cristo en el Cenáculo: “Señor ¡enséñanos al Padre!” Jesucristo le respondió: “Quien me ha visto a Mí, ha visto también al Padre. […] Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí” (compara ibidem, pags.121-122).

Hasta que en nuestro corazón no se inculca profundamente esta convicción, esta verdad sobre que Dios es nuestro Padre, que realmente es nuestro Padre, tal como nos Lo ha presentado Cristo, siempre vamos a tener las dificultades en la oración, ya que conversar de manera sencilla, espontánea, sincera, se puede únicamente con quien nos es cercano, de quien estamos convencidos que es bueno con nosotros y que podemos contar con él. Cuando tenemos la plena conciencia que Dios es realmente nuestro Padre, un Padre, al cual nosotros le importamos, quien nos quiere infinitamente, la oración se convierte en algo natural, espontáneo. Entonces la oración deja de ser una recitación irreflexiva; sentimos la necesidad del corazón de conversar con este Padre sobre todo lo que acontece en nuestra vida, sobre todas nuestras necesidades, alegrías y preocupaciones.

En el Santo Evangelio de hoy Cristo nos enseña la oración, destacando, en breves llamados, diferentes solicitudes que son una indicación para cada oración. Yo, sin embargo, me he concentrado en la primera palabra: Padre. Esto es muy poco, es un comentario muy remanente. Pero al mismo tiempo esto también es mucho cuando nos ayuda a perfeccionar nuestra oración como una conversación sencilla, sincera, con el Padre. Recordemos que este Padre es el único quien nos quiere realmente.

“Sean misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”

La segunda observación, que es una novedad en el Santo Evangelio de hoy, en comparación con la primera lectura, concierne a nuestra respuesta a la misericordia infinita del Dios con nosotros. Papa Francisco en su bula Misericordiae vultus, que anunciaba el actual Jubileo Extraordinario de la Misericordia, reasumiendo sus análisis retóricos, afirma: “Del corazón de la Trinidad Santísima, de las profundidades impenetrables del misterio del Dios, brota y fluye, sin cesar, un gran río de la misericordia. Esta fuente nunca puede acabarse, independientemente de cuántos van a acudir a ella. Cada vez cuando alguien la va a necesitar, va a poder acudir, ya que la Divina Misericordia no tiene fin” (n.25a).

Esta Divina Misericordia ha aparecido plenamente en Jesucristo. San Agustín en las siguientes palabras bellas expresa su admiración al concreto expreso de esta misericordia que ha aparecido en Jesucristo: “¿Hubiera podido haber la misericordia mayor para nosotros, los desgraciados, que la que ha hecho que el Creador del cielo bajara de ese y el Creador de la tierra adoptara el cuerpo mortal? La misma misericordia ha hecho que el Señor del mundo adoptara la figura del servidor, hasta tal grado que él mismo siendo un pan, sufría hambre, siendo la saciedad absoluta, sufría la sed, siendo la potencia se hizo débil, siendo la salvación ha sido herido, siendo la vida ha podido morir. Y todo ello para saciar nuestra hambre, para aliviarnos del calor, para fortalecernos contra la debilidad, para borrar nuestras fechorías y para encender nuestro amor (Compar. Serm. 207, 1).

Es que Jesucristo quiere que nosotros, estando obsequiados con la Divina Misericordia, seamos también nosotros los misericordiosos con los demás. Él nos llama “Sean misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).

En definitiva de nuestros hechos de la misericordia con los demás va a depender la Divina Misericordia con nosotros, como la había dicho Jesucristo expresamente: “Bendecidos los misericordiosos, puesto que ellos van a alcanzar la misericordia” (Mt 5, 7). Precisamente estas palabras de Jesucristo que nos llaman a la misericordia con los demás consisten el lema del actual Día Mundial de la Juventud.

El acto fundamental de la Divina Misericordia es el perdón. Dios benévolo incesantemente nos está perdonando nuestros pecados. Por esta razón la nuestra vida cristiana también debe destacar con la disposición a perdonar.

Con esta perspectiva me impresiona mucho el hecho de que Jesucristo en el Santo Evangelio de hoy nos dice que oremos el Padre nuestro (Mt 6, 9-13): “Absuélvanos de pecados como nosotros absolvemos a nuestros culpables”. “Como nosotros absolvemos”! ¡Esto significa que cuando no absolvemos a nuestros culpables, en la realidad estamos rezando por que el Dios tampoco nos absuelva a nosotros! “¡Absuelva como nosotros absolvemos!”. Jesucristo explica luego: “Si ustedes le perdonen a la gente sus culpas, a ustedes también les perdona vuestro Padre celestial. Pero cuando ustedes no perdonan a la gente, vuestro Padre no les va a perdonar vuestras culpas” (Mt 6, 14-15).

No podemos olvidarnos nunca que cuando se trata de nosotros “el primer precepto de la misericordia” es evangelizar (compar. JP II, Novo millennio ineunte, n.50c).

Conclusión

Que nuestros corazones se llenen de la alegría porque Dios es tan bueno con nosotros, que es tan “rico en la misericordia” (EF 2,4). Oremos a Él en la conciencia de que Él nos quiere de verdad como el mejor Padre. Y agradezcamos Su misericordia con nuestra misericordia y el perdón a los demás y con dar el testimonio a Jesucristo en el mundo contemporáneo.